23/6/11

Los inabarcables cuadernos de Ramanujan | Libros malditos

Los inabarcables cuadernos de Ramanujan


Foto del pasaporte de Ramanujan
Una mañana de enero de 1913 en Cambridge, el matemático Godfrey Harold Hardy comenzaba su desayuno como todos los días, sentado apaciblemente a la mesa revisando la correspondencia, cuando una carta con remite de la India y escrita con una curiosa letra picó su curiosidad. Estimado señor: Permítame presentarme como oficinista del departamento de contabilidad de la oficina del puerto de Madrás, con un salario anual de sólo 20 libras. Tengo unos 23 años. No tengo estudios superiores, pero he hecho el bachillerato. Acabado éste, dedico mi tiempo libre a las matemáticas. No sigo el método habitual que se sigue en un curso universitario, sino que estoy abriendo mi propio camino. He hecho un estudio detallado de las series divergentes en general y los resultados a los que he llegado son calificados como "sorprendentes" por los matemáticos de mi entorno… Querría pedirle que repasara los trabajos que le incluyo. Si cree que hay algo de valor, me gustaría publicar mis teoremas, ya que soy pobre. No he presentado los cálculos al detalle ni las fórmulas que utilizo, pero le indico el proceso que sigo. Por mi poca experiencia, le agradecería mucho cualquier consejo. Por favor, discúlpeme si le causo alguna molestia. Quedo, señor, a su entera disposición, S. Ramanujan.
Seguían a este breve introducción nueve páginas de fórmulas en apretada letra. Hardy se detuvo un momento ante los cálculos, pero no vio nada que llamara su atención. Estuvo tentado de tirar la carta a la papelera, pero era matemático -uno de los mejores-, y cualquier hoja repleta de números le merecía respeto. Apartó la carta, cargó su pipa, y salió a la calle a ocuparse de sus cosas: una clase y un partido de ténis aguardaban. En el transcurso de esa rutina acababa, sin saberlo, de cambiar su vida. Caía la tarde cuando, de vuelta a casa, se propuso dar una segunda oportunidad a aquella extraña carta. Lentamente empezó a penetrar en las ecuaciones que se sucedían sin descanso por el papel, y decidió llamar a un colega de la universidad, John Edensor Littlewood, a que compartiera el tesoro. Al principio pensaron que todo aquello era un fraude, pero Hardy intuyó que un falsario con un conocimiento tan extraordinario de las matemáticas suponía una explicación más extravagante que reconocer que un simple contable de la India era un segundo Newton. Hacia medianoche los dos amigos se miraron. En aquellos papeles había algún cálculo erróneo, sí, pero también fórmulas conocidas que el misterioso corresponsal redescubría por si mismo y unos cuantos hallazgos de primer nivel. Los papeles contenían nada menos que 120 teoremas que superaban la obra de toda una vida de muchos excelentes matemáticos.

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